viernes, 23 de septiembre de 2016

Coincidencias

Lo que uno encuentra en el mundo real, también está en la red. Durante los últimos años internet me ha permitido conocer a personas muy interesantes. En la mayoría de los casos ha sido una cadena afortunada de accidentes: un hallazgo lleva a otro y así.

1. Hace unos quince años, más o menos, conocí en una sala de chat de Starmedia a una entrañable amiga. Durante mucho tiempo intercambiamos poemas. Ella tuvo la iniciativa y el 23 de septiembre de ese año me envió un correo electrónico con un poema de Elías Nandino, “Eternidad del polvo”, si la memoria no me falla. No fue extraño si pensamos que la noche anterior estuvimos hablando de si los amorosos están solos (cada uno por su lado) o solos (juntos y al margen de todo), discutimos si debíamos o no canonizar a las putas y cosas por el estilo.

2. Cada poema nos llevaba a la vida del poeta, su época, su estilo. La imagen, el ritmo, la idea que provocaba. Pronto me vi buscando más poemas de Nandino. Llegaron a mis manos además de Eternidad del polvo, Cerca de lo lejos, Ciclos terrenales, Erotismo al rojo blanco. Me leí la biografía novelada de Enrique Aguilar y la autobiografía, a manera de réplica, Juntando mis pasos.  Sin ir más lejos, el mes pasado compré el libro de Lilia Solórzano Esqueda, Elías Nandino, Entre la convicción y el temblor... Cuando inicié la licenciatura en Literatura creí que los alburemas serían un buen tema de tesis, luego me dio flojera y me titulé por promedio.

3. Un día, buscando en la librería algún otro texto de Elías Nandino me encontré un ejemplar de la primera edición de Del rojo al púrpura. Poemas de amor y piel, de Rodolfo Naró (2000). El título me hizo recordar al del libro que contiene los alburemas y picardías de Nandino. De los primeros, el que sigue:
Al no dar con la entrada, 
entré por la salida.
Pero esto no importa 
porque cualquier camino 
conduce a la avendia.
De las otras,
Vamos jugando el cuerpo 
en el cubilete: 
el que pierda lo pone 
y el que gane lo mete.
No tuve que llegar a la página 105 del libro de Naró en la que se encuentra un poema titulado “Erotismo al rojo blanco” dedicado a Nandino, el indicio se confirmó cuando en la cuarta de forros leí que “Rodolfo Naró (Tequila, Jalisco, 1967) fue uno de los últimos alumnos del maestro Elías Nandino”. La poesía del discípulo era alegre, juguetona y divertida. Por instantes aforística, como cuando dice “En el fondo del corazón / siempre hay una mujer”, en general iluminada por un erotismo sin rubores, como en “Anatomía del placer”:
Qué placer 
el placer del pecado 
Senderos de tierra caliente, 
Vergel de sexos inchados, 
Prohibida pasión, 
Climax de deseos inconfesados.
4. Durante la fiebre del blog, encontré en algún blogroll La columna chueca, el blog de Rodolfo Naró, del que me hice seguidor. Luego, pasados los años, nos fuimos al Twiter y al Facebook donde lo sigo leyendo.



5. Con el tiempo se reunieron en mi librero Amor convenido (1999), Árbol de la vida (2001), El antiguo olvido (2005), El orden infinito (2007, 2015) y Cállate Niña (2011). Y desde hoy, Lo que dejó tu adiós (2016), un recuento donde los alburemas no pueden faltar.

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