lunes, 22 de agosto de 2016

sábado, 20 de agosto de 2016

Nota triste

Hoy me levanté tarde y la primera noticia que recibí fue la terrible muerte de Nacho Padilla... Un maestro de estilo, una inteligencia como pocas, un grande que no conoció la soberbia. Un tipo amable y generoso: gracias a sus recomendaciones descubrí la genialidad de algunos escritores que para mí eran sólo nombres... 


¿Por qué?, Nacho. Era cuestión de tiempo para que tu nombre apareciera entre los candidatos al Nobel y, antes, mucho antes, al Cervantes...

Con Nacho tomé un taller no curricular de reseña crítica en la Universidad de las Américas. En ese tiempo, Pedro Ángel Palou era rector y la institución tenía entre sus proyectos una revista que desde el primer número reveló sus pretenciones. Fuimos varios los compañeros leyendo lo mismo a Saramago que a Javier Marías y García Márquez, formulando juicios, escribiendo... 

Una tarde dijo:
-Me gustaría que reseñaras la nueva novela de Jorge Franco Ramos.
Salí corriendo a la librería y compré Melodrama
Lo leí. La reseña apareció en Revuelta.
Pero no es del autor de Rosario tijeras y Paraíso travel de quien quiero hablar, sino de Nacho, a quien en estas horas quienes lo conocimos repetiremos como un lamento que lo vamos a extrañar. Y sí, sentiremos su ausencia (y nos dolerá, a unos menos a otros más).

Su prosa sorprende por la riqueza léxica y su habilidad discursiva. Era genial, divertido... Algunos de sus libros tienen su autógrafo. Están en mi librero los mismo sus novelas que sus ensayos y textos infantiles, pero la obra que más me gusta es Heterodoxos mexicanos, un libro extraño en el que conversa con Rubén Gallo sobre algunos textos raros. 


¡Cuánta razón!, Nacho... a los mexicanos nos falta el wit inglés (y tú lo tenías, caray).

viernes, 19 de agosto de 2016

Simplemente, no.

No es que no quiera escribir. No...

Me hace falta tiempo
a veces
me hace falta inspiración...

lunes, 15 de agosto de 2016

Lectura de cartas

Recuerdo mi primer día como estudiante en la facultad. Recuerdo la primera clase: Realismo I con Sergio Ortega. Recuerdo además que, en la prepa, en mis horas de Literatura con Carrillo aprendí que el pizarrón sirve para dibujar (nada más) de modo que comenzar la licenciatura tenía un grato sabor a incertidumbre y novedad.

Sin más preámbulo que un resumen sobre el Realismo extraído de algún manual, comencé a leer Madame Bovary. Sin duda, la literatura está hecha de personajes entrañables cuya materia prima es la palabra. Si digo Kundera pienso en Tamina, si escucho Benedetti me remito a Beatricita y su voz inolvidable, y también en Avellaneda y Santomé, por ejemplo. 

Emma se colocó de inmediato en los primeros lugares de mis afectos.

Por un lado, el universo ficcional me envolvía irremediablemente; por otro, tenía la impresión de estar perdiéndome lo importante. Sergio me recomendó que leyera La orgía perpetua y, ni tardo ni perezoso, pasé a las librerías buscándola. “Está agotado”, era lo único que alcanzaban a decir los vendedores... Para mi fortuna, en el negocio de Carlitos Ponce había un ejemplar, un poco maltratado, pero “nuevo”.

Al comenzar a leerlo me pareció exagerado que Vargas Llosa alardeara de haber leído la novela de Flaubert media docena de veces antes de comenzar el ensayo. Hoy sé que no es una exageración, uno vuelve tarde o temprano a los libros cuya lectura constituyó una revelación... El título del ensayo remite a las cartas que escribió el francés. El premio Nobel usa una cita de la carta a Mlle. Leroyer de Chantepie, del 4 de septiembre de 1859, como epígrafe:

Le seul moyen de supporter l'existence, c'est de s'étourdir dans la littérature comme dans une orgie perpétuelle 

El proceso de escritura, la emoción del trabajo intelectual, el furor de las musas fue vivido por el autor de La educación sentimental como una prolongada, agotadora y compartida pasión gozosa. Madame Bovary lo atestigua, pero su valor no reside sólo en ello: "Hay, de un lado, la impresión que Emma Bovary deja en el lector que por primera (segunda, décima) vez se acerca a ella: la simpatía, la indiferencia, el disgusto", escribe Vargas Llosa y sigue: "de otro, lo que constituye la novela en sí misma, prescindiendo del efecto de su lectura: la historia que es, las fuentes que aprovecha, la manera como se hace tiempo y lenguaje", pero lo más importante: la novela vale por su relación con toda la literatura: con las obras que le preceden y le suceden.

El recuerdo viene a cuento porque pasados los años, llegaron a mis manos las cartas a Louise Colet en una bellísima edición de Siruela. Y, además, porque este semestre tengo alumnos que inician sus estudios de literatura y siento las ilusiones renovadas. Pero sobre todo, porque tengo una agenda muy apretada y necesito unos minutos para mí: una lectura que le devuelva el valor a las cosas importantes... Hay que gastar la vida en asuntos trascendentes: perderse en pendejadas es el destino de los miserables. En fin, vuelvo a las cartas y transcribo un fragmento para dejar constancia:

Jueves, once de la noche (6 de agosto de 1846)
Estoy roto, aturdido, como después de una orgía prolongada; me aburro mortalmente. Tengo en el corazón un vacío inaudito. Yo que era antes tan tranquilo, tan orgulloso de mi serenidad, que trabajaba de la mañana a la noche con un rigor persistente, no puedo leer, ni pensar, ni escribir; tu amor me ha vuelto triste.

Y quizá también busqué las cartas porque cuando no escribo siento que algo me falta o porque hay amores que nos vuelven tristes.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Problemita

Hoy desperté con dolor de cabeza. Mientras el analgésico hacía efecto me puse a pensar que tengo un problemita: vivo para lo que hago, en lugar de vivir de ello. Tengo que corregirlo.